5 de desembre de 2012

Juan Bautista, el gran mensajero de Jesús de Nazaret


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         En este tiempo de adviento que significa espera y esperanza, la liturgia cristiana de la Iglesia nos recuerda y nos pone de ejemplo a san Juan Bautista como el gran precursor y mensajero que nos anuncia y nos enseña el modo de prepararnos para celebrar y conmemorar, un año más, el nacimiento o natividad de Jesús de Nazaret en Belén de Judá como el Mesías, Salvador de la Humanidad, en este mundo tan materialista,  injusto y egoísta que sufrimos. 
Pues bien, en el año 28 de nuestra era, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, Herodes Antipas tetrarca de Galilea, y Anas y Caifás, pontífices judíos, Juan, hijo de Isabel y del sacerdote Zacarías, aparece en el desierto: “Bautizando y predicando un bautismo para el perdón de los pecados” (Mc. 1,4). Era un joven y apasionado asceta que vestía de pieles de camello y comía las langostas y miel silvestre. Mucha gente de buena fe de Judea y toda la de Jerusalén acudían a verle, confesaban sus pecados y les bautiza en el rió Jordán.
 Sin embargo a muchos fariseos y saduceos que venían a que los bautizara, les  llamaba: “Raza de víboras, dad frutos que pide la conversión, (Mt. 3, 7). El pueblo judío que esperaba la venida del Mesías anunciada por los profetas, le pregunta, si él es el Mesías, respondiéndole: “Detrás de mi viene el que es más fuerte que yo y no merezco agacharme para desatarle la correa de sus sandalias. Yo os bautizó con agua, pero él os bautizará con el Espíritu Santo” (Lc. 3, 15-17).
Difundida su fama por Galilea, “Jesús de Nazaret se presenta ante Juan para que lo bautice, pero Juan Bautista intenta disuadirlo diciéndole: “El que necesita ser bautizado soy yo por ti”. Jesús insiste: “Es necesario que así sea para que se cumpla toda justicia. Entonces, accede a bautizarlo y apenas Jesús es bautizado, se abrieron los cielos y vieron al Espíritu Santo en forma de paloma que venía sobre él y oyendo una voz que decía: “Éste es mi Hijo amado en quien yo me complazco” (Mt. 3.16 -17). El bautismo que Juan Bautista practicaba era el de inmersión en el agua del río Jordán, en el lugar de Betania.
Tanto que creció su fama entre el pueblo judío que llegó a ser una de las personas de mayor más prestigio e influencia en Judea. El pueblo le consideraba un profeta. Varías personas se imaginaban que era el profeta Elias resucitado y otras creían que era el mismo Mesías. Para Juan Bautista la penitencia consistía en recibir el bautismo, dar limosna y  enmendar  las costumbres y tradiciones malas judías. Llevaba una vida de un riguroso asceta en el  comer, beber y vestir. El tono de sus predicaciones era severo y áspero y en las que aparecen los pobres como personas bien dispuestas para entrar en el Reino de Dios. Sus discípulos hacían una vida muy austera, ayunaban frecuentemente y tenían un aire de tristeza y melancolía.
 Los fariseos, saduceos y sacerdotes judíos de Jerusalén, al ver la multitud de gentes de  Judea y  Galilea que venían a verle y a ser bautizados, mandan una comisión a preguntarle: “Quién era? Les contesta: “Yo no soy el Mesías”. Ellos le replicaron: ¿“Eres acaso Elias o  un profeta igual a Moisés”?. Le responde: “No”. Pues, dinos: “¿Quién eres?, para darles respuesta a los que nos han enviado. ¿Qué dices de ti mismo”? Juan les manifiesta: “Yo soy la voz que clama en el desierto, enderezar el camino del Señor, como enseña el profeta Isaías”. Le preguntan: “¿Por qué, pues bautizas, si no eres ni el Cristo ni Elias ni uno de los profetas”? Les responde: “Yo bautizo con agua, pero en medio de vosotros está uno que no conocéis, que viene detrás de mi a quine yo soy digno de desatarle las correas de sus sandalias” (Jn. 1,19- 28).
  Al día siguiente, Juan Bautista al ver a Jesús que venía hacia él, exclama: “He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Este es de quien yo dije, detrás  de mi viene un hombre que está puesto delante de mí porque existía antes que yo. Yo no le conocía, pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu Santo y posarse sobre él, ese es el que bautiza con el Espíritu Santo. Y yo le he visto y he dado testimonio que éste es el Hijo de Dios” (Jn 1, 29-34).
Los discípulos de Juan Bautista al oírle esto, se acercan a Jesús y le siguen. Entonces, les presunta: “¿Que buscáis”? Ellos le responden: “Rabí, donde vives”. Les dice: “Venid y lo veréis”. Fueron con él, vieron donde vivía y se quedaron con él aquel día. Uno de estos era Andrés, hermano de Simón, que al verle le dice: “Hemos encontrado al Mesías”. Le lleva junto a Jesús, quien al verle, le dice: “Tú eres Simón, hijo de Jonás, te llamarás Pedro, que significa piedra” (Jn. 1, 37-42).  El otro discípulo era Juan, hermano de Santiago, hijos de Zebedeo, que contaba a la sazón 21 años de edad.
Juan Bautista solía decirle a Herodes Antipas, tetrarca de Galilea y de Perea y casado con la hija de Hareth, rey de Petra: “No te está permitido tener a Herodías, la mujer de tu hermano”, por lo que ella le aborrecía y quería matarle, pero no podía, porque Herodes Antipas respetaba a Juan Bautista al saber que era un hombre justo y santo. Sin embargo, para complacer a la ambiciosa y apasionada a Herodías, tambíen, estaba casada con su hermano Felipo, le encierra en la fortaleza de Mechero, edificada por Alejandro Janeo y reconstruida por Herodes, el Grande, en uno de los lugares más abruptos al Este del  Mar Muerto.
  Sus discípulos le visitan en la cárcel de Macaronte y le cuentan el milagro que Jesús hizo resucitando al hijo de la viuda de Naím, y cómo las gentes daban gloria a Dios diciendo: “Un gran profeta ha surgido entre nosotros, y Dios ha visitado a su pueblo”. Juan Bautista al oírles esto, manda a dos discípulos para que le pregunten: “¿Eres tú el que has de venir, o debemos esperar a otro?”. Jesús les responde: “Id y contad a Juan Bautista lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen y se anuncia a los pobres la Buena Nueva”.
Cuando los discípulos de Juan se marcharon, Jesús se puso a hablar a la gente sobre la personalidad de Juan Bautista, diciéndoles: “¿Qué salisteis a ver en el desierto?, ¿Una caña agitada por el viento? ¿Un hombre elegantemente vestido? ¡No!. Los que visten elegantemente viven con molicie en los palacios. Entonces, ¿qué salisteis a ver?  ¿A un profeta? Sí, es más que un profeta, pues de él se escribió, he aquí que yo envío delante de ti a mi mensajero que preparará delante de ti tu camino. En verdad os digo, que no ha surgido entre los hombres ninguno más grande que Juan Bautista, con todo el  más pequeño en el Reino de los cielos es mayor que él”. (Lc. 7, 18-28)
Herodes Antipas celebra una fiesta con motivo de sus cumpleaños  a la que invita a una serie notable de invitados. Entonces, la hija de Herodías, llamada Salomé, ambiciosa y disoluta como su madre, que ella había tenido de su primer marido Felipe, entra en la sala del banquete, baila y ejecuta admirablemente danzas ante los comensales, que había aprendido estando en Roma, siendo el delirio de todos ellos, especialmente de Herodes Antipas, quien le dice: “Pídeme lo que quieras que yo te lo daré”. Es más, le jura: “Te daré lo que me pidas, hasta la mitad de mi reino”.
Salomé sale de la sala del banquete y pregunta a su madre Herodías: “¿Qué voy a pedirle?”. Ella le dice: “La cabeza de Juan Bautista”. Salomé entra apresuradamente en la sala del banquete donde estaba Herodes Antipas con sus invitados, y le dice: “Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan Bautista”. Herodes Antipas se llena de tristeza, pero no queriendo desairarla a causa de su juramento dado a Salomé en presencia de los comensales, ordena al instante a uno de sus guardias le traiga la cabeza de Juan Bautista. El guardia le corta la cabeza en la cárcel, trae en una bandeja y se la da Salomé, la cual, a su vez, se la entrega a su madre Herodías. Enterados sus discípulos de tan cruel e injusto asesinato, recogen su cadáver y le dan sepultura (Mc. 6,14-29).
 Juan Bautista muere vilmente asesinado aproximadamente el mes septiembre del año 29 o 30 de la Era cristiana, después de haber permanecido en la cárcel durante cinco meses. Sus discípulos no se extinguirán con su muerte, sino que pervivirán durante varios siglos formando la escuela juanista, distinta al cristianismo, que practicaba el bautismo de inmersión en el agua y las enseñanzas del Juan Bautista. Según cuenta san Jerónimo la odiosa y cruel Herodías perforó la lengua de Juan Bautista con un puñal como lo hiciera Fulvia con la cabeza de Cicerón.
 Seis años más tarde, el rey Hareth de Petra derrota y venga el repudio de su hija con la que Herodes Antipas estaba casado. El pueblo judío consideró esta derrota como un castigo merecido por el asesinato de Juan Bautista. Los evangelistas no dan el nombre de la hija de Herodías ni el lugar del martirio de Juan Bautista.
 Según Flavio Josefo la hija de Herodías se llamaba Salomé (A. I. 18, 5.4), y el lugar de su martirio fue en la  fortaleza de Macaronte, donde tambien se celebró el dicho banquete, (Ant. Jud., XVIII, 119). Dicha fortaleza era una casa regia, suntuosa y con hermosas habitaciones. Según Plinio (Natur. Hist., 16,72), era la más aguerrida de Palestina, después de la de Jerusalén,  que servía para controlar a los árabes nabateos junto al Mar Muerto en la comarca de Sodoma. Salomé casará con el etnarca Filipo, que muere en el año 34, y volverá a casar con Aristóbulo.
  Informado Herodes Antipas del éxito popular de Jesús por su predicación evangélica y por sus milagros que arrastraban a muchedumbre de gentes galileas a seguirle y escucharle, y perplejo ante unos que decían que era Juan Bautista que había resucitado, otros que era Elias que había aparecido, y otros que había resucitado uno de los antiguos profetas, dice: “A Juan le decapité yo. ¿Quién es, pues, este de quien oigo tantas cosas?, pues quería verle” (Mt.  9, 1-9).
José Barros Guede
A Coruña, diciembre del 2012

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