20 d’agost de 2012

Catequesis sobre la renovación de la Misa Pablo VIVaticana del 19 de noviembre de 1969


Alocución de S.S. Pablo VI en la Basílica Vaticana del 19 de noviembre de 1969

El presente texto no es nuevo, es más bien un texto antiguo, que responde a una circunstancia muy peculiar: era noviembre de 1969, se estaba por aplicar de manera obligatoria el «novus ordo» de la misa, y arreciaban las críticas desde diversos sectores «tradicionales» afirmando que la «nueva misa» cambiaba la esencia de la misa definida en el conciclio de Trento. El papa Pablo VI sale al cruce con una sencilla pero muy certera catequesis sobre el «novus ordo» y la esencia de la misa.
El tema tiene su interés hoy mismo, porque con el llamado (hecho a oídos quizás un poco sordos) de la Iglesia a sus hijos cismáticos del tradicionalismo lefevbrista se han vuelto a difundir mediáticamente las críticas al «novus ordo», y quizás por aquello de «miente mucho, que algo queda», algún católico despistado pueda creer que aquellas críticas, de tan repetidas, tienen razón. No es que esta alocución del Santo Padre resuelva todas los problemas; la cuestión merece estudiarse, pensarse, vivirse, pero, como en aquella ocasión de 1969, la catequesis del Santo Padre vuelve a ser una puesta en limpio del argumento central: no hay tal «nueva misa» sino la misma de siempre, vivida en una nueva época, porque en definitiva la tradición auténtica no es la repetición anquilosada de gestos exteriores, sino la percepción profunda del misterio, y su actuación siempre nueva en cada momento de la historia. (nota del tr.)


Acoger con alegría y aplicar con unánime observancia el nuevo ordenamiento litúrgico

Queridos hijos e hijas:
Deseamos llamar vuestra atención sobre el evento que está por cumplirse en la Iglesia Católica latina, y que tendrá su aplicación obligatoria en las diócesis italianas a partir del próximo primer domingo de Adviento, que cae este año el 30 de noviembre; este es la introducción en la liturgia del nuevo rito de la misa. La misa será celebrada de una forma un poco diferente de aquella que, de cuatro siglos a esta parte -es decir desde San Pío V, después del concilio de Trento- estábamos acostumbrados a celebrar.
El cambio tiene algo de sorprendente, de extraordinario, siendo considerada la misa como expresión tradicional e intocable de nuestro culto religioso, de la autenticidad de nuestra fe. Es ocasión de preguntarse: ¿cómo es que se hace tal cambio? ¿en qué consiste tal cambio? ¿qué consecuencias trae eso para quienes asisten a la santa misa? La respuesta a estas preguntas, y a otras similares provocadas por esta singular novedad, se han dado y ampliamente repetido en toda la Iglesia, en todas las publicaciones de índole religiosa, en todas las escuelas donde se enseña la doctrina cristiana. Os exhortamos a prestar atención, procurando precisar y profundizar un poco la estupenda y misteriosa noción de la misa.

La mente del concilio

Mientras tanto, con este breve y elemental discurso, buscaremos quitar de vuestras mentes las primeras espontáneas dificultades traídas por tales cambios, en relación a las tres preguntas que han surgido inmediatamente en nuestro espíritu.
¿Cómo es que se hace tal cambio? Respuesta: ha sido por una voluntad expresa del Concilio recientemente celebrado. El concilio dice así:
«Revísese el ordinario de la misa, de modo que se manifieste con mayor claridad el sentido propio de cada una de las partes y su mutua conexión y se haga más fácil la piadosa y activa participación de los fieles.
En consecuencia, simplifíquense los ritos, conservando con cuidado la sustancia; suprímanse aquellas cosas menos útiles que, con el correr del tiempo, se han duplicado o añadido; restablézcanse, en cambio, de acuerdo con la primitiva norma de los Santos Padres, algunas cosas que han desaparecido con el tiempo, según se estime conveniente o necesario.» (Sacrosantum Concilium, nº 50).
Por tanto, la reforma que está por aplicarse corresponde a un mandato autoritativo de la Iglesia; es un acto de obediencia; es un hecho de coherencia de la Iglesia consigo misma; y un paso adelante en su tradición auténtica; es una demostración de fidelidad y de vitalidad, a la cual todos debemos prontamente adherir. No es algo arbitrario. No es un experimentó caduco y facultativo. No es una improvisación de un diletante. Es una ley pensada por cultores autorizados de la sagrada liturgia, por largo tiempo discutida y estudiada; haremos bien en acogerla con gozoso interés y en aplicarla con puntual y unánime observancia. Esta reforma pone fin a las incertidumbres, a las discusiones, a los abusos arbitrarios; y nos reclama aquella uniformidad de ritos y de sentimientos que es propia de la Iglesia Católica, heredera y continuadora de aquella primera comunidad cristiana que era toda "un solo corazón y una sola alma" (Act 4, 32). La coralidad de la oración en la Iglesia es uno de los signos y una de las fuerzas de su unidad y de su catolicidad.
El cambio que está por llegar no debe romper ni turbar esta coralidad: debe confirmarla y hacerla resonar con espíritu nuevo, con respiración joven.

Inmutada sustancia

Otra pregunta: ¿En qué consiste tal cambio? Lo veréis; consiste en varias nuevas prescripciones rituales, que exigirán, especialmente al principio, cierta atención y cuidado. La devoción personal y el sentido comunitario encontrarán fácil y agradable la observancia de estas nuevas prescripciones. Pero algo debe quedar claro: nada ha cambiado en la sustancia de nuestra misa tradicional. Quizás alguno pueda dejarse impresionar por alguna ceremonia particular, o alguna rúbrica asociada, como si esto fuese o implicase una alteración, o una disminución de la verdad adquirida para siempre y autoritativamente sancionada de la fe católica, como si la ecuación entre la ley de la oración, «lex orandi», y la ley de la fe, «lex credendi», resultase comprometida.

Pero no es así. En absoluto. Ante todo porque el rito y la rúbrica relativa no son por sí mismos una definición dogmática, y son susceptibles de una calificación teológica del valor diverso según el contexto litúrgico al cual se refieren; son gestos y términos referidos a una acción religiosa vivida y viviente de un misterio inefable de presencia divina, no siempre realizada en forma unívoca, acción que sólo la crítica teológica puede analizar y desarrollar en fórmulas doctrinales lógicamente satisfactorias. Y además, porque la misa del nuevo ordenamiento es y permanece, si acaso con acrecentada evidencia en algunos de sus aspectos, la misma de siempre. La unidad entre la Cena del Señor, el sacrificio de la Cruz, la renovación representativa de uno y otro aspecto en la misa, es inviolablemente afirmada y celebrada en el nuevo ordenamiento, como en el anterior. La misa es y permanece memoria de la última Cena de Cristo, en la cual el Señor, transmutado el pan y el vino en su Cuerpo y su Sangre, instituyó el sacrificio de la nueva alianza, y quiso que, mediante la potencia de su sacerdocio, conferida a los apóstoles, fuese renovado en su identidad, sólo ofrecido de modo diverso, es decir, de modo incruento y sacramental, en perenne memoria de él, hasta su último retorno  (cfr. De La Taille, Mysterium Fidei, Elucid. IX).

Mayor participación

Y si en el nuevo rito encontráis colocada en mayor claridad la relación entre la liturgia de la palabra y la liturgia propiamente eucarística, casi ésta como una respuesta realizadora de aquella (cfr. Bouyer), o si observáis cuánto reclama la celebración del sacrificio eucarístico la asistencia de la asamblea de los fieles, los cuales en la misa son y se sienten plenamente Iglesia, y si viereis ilustradas otras maravillosas propiedades de nuestra misa, no creáis que eso pretenda alterar la genuina y tradicional esencia; sabed en cambio apreciar cómo la Iglesia, mediante este nuevo y abierto lenguaje, desea dar mayor eficacia a su mensaje litúrgico, y acercarlo de manera más directa y pastoral a cada uno de sus hijos y al conjunto del pueblo de Dios.
Y respondemos así a la tercera pregunta que habíamos propuesto: ¿qué consecuencias producirá la innovación sobre la que estamos razonando? Las consecuencias previstas, o mejor aún, deseadas, son la de una más inteligente, más práctica, más gozosa, más santificante participación de los fieles en el ministerio litúrgico, es decir en la escucha de la Palabra de Dios, viva y resonante en los siglos y en la historia de nuestra alma singular, y en la realidad mística del sacrificio sacramental y propiciatorio de Cristo.
No digamos entonces «nueva misa», sino más bien «nueva época» en la vida de la Iglesia. 
Con nuestra apostólica bendición.

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