JESÚS RESUCITADO Y LA ALEGRIA






(tomado de A.Bravo Meditaciones sobre la alegría cristiana, pp50-54) Ed.Sígueme

Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor (Jn 20, 19-20).
Estaban hablando de estas cosas, cuando él se presentó en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Sobresaltados y asustados, creían ver un espíritu. Pero él les dijo: «¿Por qué os turbáis, y por qué se suscitan dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo. Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como veis que yo tengo». Y, diciendo esto, les mostró las manos y los pies. Como ellos no acabasen de creerlo a causa de la alegría y estuviesen asombrados, les dijo: «¿Tenéis aquí algo de comer?». Ellos le ofrecieron parte de un pez asado. Lo tomó y comió delante de ellos (Le 24, 36-43).


De acuerdo con los relatos evangélicos, las manifestaciones de Jesús resucitado a sus seguidores son motivo de una alegría desbordante y permanente. Los evangelistas no se detienen a analizar los estados de ánimo de los discípulos, como hace actualmente la psicologia religiosa, sino que muestran la transformación que experimentan. La tristeza y el sentimiento de fracaso se habían apoderado de ellos después de la muerte de su amado Maestro. Habían puesto en él su confianza y esperanza, pero lo vieron morir en el madero de los malditos. Sin embargo, tras el encuentro con el Resucitado, aquellos hombres mostraban tal aplomo y alegría que las mismas autoridades se interrogaban sobre el sorprendente cambio de aquellos iletrados.

No se trata, por supuesto, de adentrarnos en los vericuetos de la psicología humana. No todos los temperamentos son iguales. En consecuencia, la experiencia de encuentro con Cristo resucitado puede ser vivida de formas muy diferentes, como lo muestran los casos de María Magdalena y Pedro, de Juan y Pablo. Sin embargo, en todos ellos descubrimos que la experiencia del Viviente les lleva a una vida nueva marcada por una honda alegría, por un deseo intenso de darlo a conocer, por una entrega incondicional a la misión y la alabanza, más allá de lo razonable a los ojos de los hombres. Todos ellos viven el exceso del amor y del servicio. El mártir vive el exceso de amor del propio Jesús resucitado de entre los muertos.
La visión del Crucificado resucitado de entre los muertos, desencadenó en sus seguidores y seguidoras una emoción gozosa que fijó, de una vez para siempre, la orientación de sus vidas. El corazón triste y decepcionado volvió a iluminarse (El creyente rompe a cantar con el salmista: «Este es el día que hizo el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo. Señor, danos la salvación; Señor, danos prosperidad» (Sal 118,24-25).)Este sentimiento de alegría fue tan intenso que los dejó atónitos, hasta el punto de impedirles creer y reaccionar ante la presencia de Jesús resucitado. San Lucas expresa esta experiencia de forma muy significativa: «Como ellos no acabasen de creerlo a causa de la alegría y estuviesen asombrados, les dijo: “¿Tenéis aquí algo de comer?”. Asombro y alegría es lo propio del encuentro con el Resucitado. En su famoso y conmovedor «Memorial», Blas Pascal narra su encuentro con el Señor con estas palabras: «Alegría, alegría, alegría, lágrimas de alegría». La vida cristiana no puede entenderse más que desde el asombro y la alegría provenientes del encuentro con el Resucitado, de ver al Señor en la fe.
Ver a Jesús resucitado es, además, fuente de una transformación interior y de una apertura para asumir la misión de dar testimonio de él ante los hombres. Solo la visión en la fe de Jesús resucitado devolverá la conciencia y la audacia de darlo a conocer con alegría a los hombres de hoy. La religión estimula la noble tarea de poner en práctica una moral y un compromiso en el mundo.La visión del Resucitado en la fe hace testigos. Los apóstoles no podían dejar de anunciar lo que habían visto y oído. El deseo intenso de conocer, amar y dar a conocer a Jesús como el Señor y el Salvador, como el Hijo y el Juez de vivos y muertos, nace en definitiva de la experiencia de haber visto su rostro ensangrentado y glorioso". Cuando esta experiencia falta o queda oscurecida, el testigo del Evangelio cede la plaza al buen funcionario de la religión.
Quien ve al Señor en la fe, siente la urgencia de la misión, no puede callar su alegría. Animado por el Espíritu de la verdad, ofrece a todos la buena noticia. La misión no se plantea ya en términos de propaganda o conquista, sino de testimonio sobre una persona: Jesús estaba muerto y vive.
La acción de gracias unida a la alegría es una característica esencial del que ha tenido experiencia de Jesús como el Viviente. Al sentirse injertado en su humanidad nueva, el discípulo no deja de cantar las maravillas de Dios, de dar gracias por el triunfo del amor sobre el odio, de la vida sobre la muerte. Por ello, el apóstol avanza con esta convicción inquebrantable, tanto en medio de las dificultades provenientes de sus adversarios como de sus propios fallos, limitaciones y pecados.
Para concluir estas reflexiones, podemos plantearnos la siguiente pregunta:¿cuál será la recompensa prometida a los seguidores de Jesucristo muerto y resucitado? Veamos la respuesta que él mismo ofrece en la denominada «parábola de los talentos». Aquellos que gestionen con fidelidad el don recibido escucharán esta sentencia: «¡Bien, siervo bueno y fiel!; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu señor» (Mt 25, 20.23). Por tanto, según esto la recompensa consiste en entrar en el gozo mismo del Señor. Un gozo que experimentan y viven los verdaderos creyentes.
La Carta primera de Pedro insiste en el gozo que vive la comunidad de la diáspora, es decir, la comunidad de la salvación en medio del mundo. Esta comunidad ha sido engendrada a una esperanza viva y gozosa:
Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, quien, por su gran misericordia, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha reengendrado a una esperanza viva, a una herencia incorruptible, inmaculada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros, a quienes el poder de Dios, por medio de la fe, protege para la salvación, dispuesta ya a ser revelada en el último momento. Por lo cual rebosáis de alegría, aunque sea preciso que todavía por algún tiempo seáis afligidos con diversas pruebas, a fin de que la calidad probada de vuestra fe, más preciosa que el oro perecedero que es probado por el niego, se convierta en motivo de alabanza, de gloria y de honor, en la revelación de Jesucristo. A quien amáis sin haberlo visto; en quien creéis, aunque de momento no lo veáis, rebosando de alegría inefable y gloriosa; y alcanzáis la meta de vuestra fe, la salvación de las almas (1 Pe 1, 3-9).

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